lunes, 19 de septiembre de 2011

Pensamiento preliminar

Construir la vida que merecemos,
aquí y ahora,
potenciar las improbabilidades
para transformarlas en oportunidades;
encontrar en lo diverso lo confluente,
vencer el temor a lo distinto.
Construir lo que nos falta,
sin citas, sin certificaciones.


Introducción 
El presente texto se deriva de una gestión profesional que ha comprendido el estudio de teorías y modelos de desarrollo económico y social, el conocimiento de experiencias de turismo instrumentadas en diversas sociedades y culturas, y la intervención a través de planes, programas y proyectos que se han desplegado en instituciones de gobierno, en organismos internacionales y en centros educativos y de investigación vinculados al turismo.  
Los trazos gruesos de esta obra comenzaron a expresarse en el marco de los trabajos de la Cátedra Patrimonial en Turismo Sergio Molina, que se lleva a cabo anualmente desde el año 2008 en la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, Estado de Chihuahua, en México. Desde entonces el autor ha preparado documentos que fueron presentados en las celebraciones anuales de dicho evento. El primero de ellos se tituló Turismo basado en el principio de abundancia; el segundo trabajo se denominó El fin de la competitividad. Sus contenidos se tratan ampliamente en este texto. La primera vez que Turismo Creativo: el fin de la competitividad, se presentó a un público, fue en la Universidad Austral de Chile, en la ciudad de Valdivia, en el marco del Congreso de Educación Turística, celebrado en noviembre de 2010.    
El turismo no tiene un fin en sí mismo como postulan los tecnócratas y promotores del turismo industrial, no se justifica enteramente porque favorece la construcción de hoteles, restaurantes, o porque permite la observación de paisajes o el conocimiento de culturas. Su  principal y más profundo significado tiene que ver con los procesos de desarrollo económico, social y personal que detona, y con el escalamiento de habilidades sociales e individuales que impulsa tanto en los visitantes como en los receptores. Si bien en la mayoría de los países de América Latina el turismo industrial se entiende y se justifica, en los círculos políticos y empresariales, y también en la academia, casi exclusivamente como una vía económica al desarrollo, en la práctica deja sueltos los hilos que ayudan a construir bienestar social extendido, y una sociedad más equitativa. No faltan quienes exageran aún más al afirmar que sin turismo industrial una sociedad no puede desarrollarse.
Cuando se trasciende la estadística marketera y la dimensión economicista, empiezan a surgir las múltiples implicaciones positivas del turismo en términos de sus contribuciones al desarrollo. Sin embargo para que ello se haga evidente es necesario que el turismo no se abandone únicamente al vaivén de las lógicas productivas y de mercado. El turismo industrial tiene grandes limitaciones que, en parte, se reflejan en un discurso que difícilmente puede abstraerse de lógicas cuantitativas que hablan de la expansión de sus variables (número de habitaciones hoteleras, gasto de los turistas, monto de las inversiones, entre otras). Es a partir de ellas que en la actualidad construye su legitimidad social.
En el marco de una nueva dimensión de entendimiento y significación del turismo se precisan también nuevos conceptos y herramientas de intervención. Primero, es necesario reconocer que el turismo no puede sujetarse a soluciones únicamente proporcionadas por las instituciones públicas y por las empresas, a esquemas y formas de hacer copiados de los países desarrollados, como es la norma predominante en la actualidad. Esta perspectiva nace en el contexto de la escasez, del desperdicio de recursos locales por insuficientes esfuerzos de coordinación, falta de creatividad y una marginación de los talentos humanos disponibles. A cambio de ello se recurre a la fórmula de la imitación. Así como a principios del siglo pasado se traían a América Latina, desde Europa, las estructuras de edificios (iglesias, hoteles, casas) que luego se armaban y reproducían fielmente, ahora se importan, desde las naciones desarrolladas, los contenidos y orientaciones de programas y proyectos de turismo, estructuras arquitectónicas y trazados urbanos, con la finalidad de instalarlos en realidades locales sin parangón con aquellas de las cuales proceden.
De esta manera se desaprovecha deliberadamente la abundancia local, se desperdician las múltiples posibilidades de crear experiencias únicas para los visitantes, por una parte, y por la otra para estimular un auténtico desarrollo al incorporar al turismo capital humano, recursos naturales y culturales que un modelo convencional importado sólo puede omitirlos, marginarlos, subordinarlos o quitarles valor.    
En este sentido ha llegado el fin de la competitividad como política orientadora y como modelo de gestión de ofertas y demandas, puesto que no puede cumplir con aquello que prometía, es decir, conducir y contribuir al anhelado desarrollo en los países y destinos turísticos de la región. Ahora la promesa de la existencia de ese El Dorado, que una vez ocupara la conciencia de los políticos, los empresarios, los residentes y de los tomadores de decisión a nivel técnico como si fuera una realidad innegable, se ha agotado definitivamente. Sin embargo la lumbre aún brilla en sus escombros, todavía atrae especialmente a quienes siguen obteniendo ganancias y beneficios; ellos coincidentemente son los principales defensores de la competitividad y del turismo industrial.    
En este contexto la pugna de fondo se plantea entre los defensores de la escasez y los promotores de la abundancia. Entre los imitadores y los creadores de nuevas realidades. Entre los seguidores y los innovadores. Allí, entre los defensores de la escasez se encuentran políticos y administradores de todos los signos y escuelas, y quienes han obtenido sus grados de especialidad, maestría y doctorado en universidades del extranjero pero que se han convertido en pregoneros de la imitación y la escasez. Muchos de ellos, empero, trabajan para generar valor a partir de lo local. Ser pobre, recordémoslo, es dejar de utilizar los recursos de que se dispone en el entorno inmediato; ser pobre es también, dificultar el cambio, es obstruir el flujo de un ciclo vital, la transformación, el cambio. Políticos y profesionales con altos grados académicos suelen contribuir a evitar el cambio auténtico, y con ello aumentan la escasez, con sus secuelas y conflictos.   
Cuando no reconocemos los recursos que poseemos, cuando nos apartamos de ellos los desvalorizamos y desechamos, así es como recurrimos a otras realidades económicas y sociales para incorporar aquello que nos falta, lo que necesitamos. Nos empobrecemos aunque experimentemos la presunción de que nos hemos valorado y fortalecido. Esto en el turismo es muy claro y decidor. Pero quien gestiona la escasez, y a través de ella conoce el fracaso y la imposibilidad de llegar al desarrollo por esa vía, tarde o temprano va a arribar a la comprensión de la abundancia, a la cual nos aproximamos por el camino de la creatividad y la innovación.
Es el momento histórico para rebasar paradigmas, estamos en la hora cero para promover el ascenso de modelos de producción creativa, de la innovación y del conocimiento como base de la evolución social y cultural, y del protagonismo y desempeño de diferentes agentes económicos y actores sociales que en el modelo industrial no encuentran cabida ni suficientes oportunidades. Allí donde el conocimiento se ubique como pilar de los procesos encaminados al desarrollo, allí es donde se pasará de la escasez a la abundancia. Ese conocimiento no es local en el sentido de que está restringido a ciertos grupos. Ese conocimiento es no local, está ampliamente distribuido en el tejido social. El conocimiento adecuadamente gestionado es la plataforma para generar diferentes posibilidades de estructuración de negocios, de alternativas de consumo creativo y de cohesión y desarrollo social. Así las oportunidades reales se democratizan y se amplían notablemente debido a que ya no dependen exclusivamente del capital disponible, sino que también entra a jugar al escenario un nuevo actor protagónico: el talento y la creatividad de personas y grupos organizados con capacidad de gestión y de coordinación para materializar sus visiones y proyectos.
El turismo creativo implica un cambio en la trayectoria hacia el desarrollo, de hecho el turismo creativo es el resultado de una interpretación de los procesos que experimenta una cultura y una sociedad en particular. De ella surge una pauta específica llevada, posteriormente, a una estrategia formal, a un plan de desarrollo. Repensar y reestructurar los espacios del turismo, y más allá de él, es decir, hasta donde llegan sus impactos es, en sí, una innovación en relación con lo que hemos venido haciendo en materia de turismo. Esto es perfectamente posible con el poder de la reflexión y la acción concertada de la ciudadanía. La política es la dimensión básica y elemental de las comunidades, y en general de la ciudadanía; no es el espacio exclusivo de los políticos, los funcionarios, de los gerentes y administradores.
El turismo creativo es constructor e innovador de espacios sociales, pero también es parte integrante de ellos. Tiene capacidad para identificar, ensamblar y operar poderes económicos legítimos. Con el turismo creativo aparece una bifurcación en el camino, una oportunidad que es preciso aprovechar más allá de la mera gestión, de las necesidades identificadas, surge una oportunidad que rebasa las perspectivas gerenciales y la cadena de acontecimientos a la que estamos acostumbrados, y que se manifiesta reiterativamente con cierta periodicidad.
·         Si nos es ahora, ¿cuándo?;
·         Si no es aquí, ¿dónde?;
·         Si no somos nosotros, ¿quién?;
·         Si no es con nosotros, ¿cómo?;
·         Si no es para nuestro beneficio, ¿para qué?

Nota: esta introducciòn forma parte del libro Turismo creativo. El fin de la competitividad.